miércoles, 11 de junio de 2008

Domingo Episodio 21 (Teseo)

En todo caso, no podía hacer otra cosa sino esperar. Debía recuperarme de mis múltiples heridas, magulladuras, roturas, laceraciones, esguinces, torceduras y dolores. Si apenas puedes moverte, mucho menos estás en situación de enfrentarte a pistoleros. Me armé de paciencia y me dispuse a acomodarme en mi habitación de hospital y descansar hasta reestablecerme.

Los días pasaron. Hice cierta amistad con algunos de los polis que se encargaban de mi protección. Por ellos me mantenía informado procurando sonsacarles la información confidencial sobre la marcha de la guerra de bandas, pidiéndoles que me confirmaran los artículos que los periódicos dedicaban a la noticia. Era un conflicto sordo en el que apenas había movimiento a la luz del día. Todo pasaba de noche al abrigo de la oscuridad. La cantidad de bajas en ambos bandos no había sido mucha, pero la crueldad era inconcebible. Uno de los pistoleros fue encontrado en la Iglesia de San Genaro. Lo descubrió con horror el párroco a la mañana siguiente temprano. Habían quitado a Jesucristo de la cruz tras el altar y en su lugar habían crucificado por la zona genital a Fabio Tazotti, que así llamaba el agraciado con el premio. Claro estaba que el respeto por la religión ya no formaba parte de la última hornada de cachorros de la mafia.

El mismo Apu me traía los periódicos. Fiel y obediente como un perrito, cuando yo despertaba, su carita morena estaba allí con su sempiterna mirada de súplica como si permanentemente estuviera pidiendo disculpas. Me daba los buenos días tímidamente y me alargaba una montaña de periódicos. Luego permanecía todo el día conmigo, mirando al suelo sentado y con los hombros hundidos. A ratos sollozaba, pero en cuanto veía la reprobación en mi cara, callaba o iba a llorar silenciosamente al baño. La razón de su estancia conmigo, me había explicado, era que consideraba que sólo yo podía salvar a Karen y él debía garantizar mi seguridad en estos momentos. Menudo guardaespaldas, vaya desgraciado. No le dije nada, por supuesto, no quería herir su sensibilidad, que, por otro lado, no era poca.

Tras una semana allí, telefoneé a El Chato. Muy espabilado, El Chato siempre había vivido del delito y además con cierto grado de lujo. No demasiado valiente, nunca se mojaba y simplemente sacaba tajada de los golpes que ejecutaban los que arriesgaban el pellejo. Sospecho que también a veces hacía de soplón de los polis. Fácil y sin riesgos. Lo conocía desde que éramos chavales y jugábamos al béisbol en los descampados del barrio. Nunca supe su verdadero nombre, ni por qué le llamaban el Chato. No tenía una nariz pequeña, aunque tampoco era grande. Nunca pensé en su nombre, ni creo que nadie lo hiciera. Era El Chato y punto.Yo quería saber donde estaba Silvia y él me lo dijo. Resulta que era otra de las amantes de Liotti. Increíble. Me habia estado poniendo los cuernos, bueno a su marido y a mí, con el espagueti chulo putas aquel. Colgué el teléfono del pasillo de un golpe y cayó al suelo. Mierda. Hija de puta. Bueno, por lo menos ya sabía donde buscarla.

Tras dos semanas allí, la custodia policial era cada vez menor. Necesitaban agentes en las calles para evitar el derramamiento de sangre y ya no me dedicaban más de 1 ó 2 hombres. Mi pellejo se había devaluado y ya no estaba seguro allí. Era hora de levantar el vuelo. Así que, aunque todavía estaba convaleciente, con ayuda de Apu abandoné el hospital subrepticiamente.

Nunca he sido partidario de las armas de fuego. Normalmente cuando un tipo corriente tiene una pistola alguien termina disparándole con ella o directamente lo hace él mismo. Por eso nunca tuve un arma. Pero ahora sí necesitaba una si quería salir con vida de la casa de Liotti. El Chato me había hablado de un fulano que tendría una para mí: Mastro Paco el carpintero.


Llegué al lugar donde el fulano tenía una nave enorme, en las afueras de la ciudad. Él mismo salió a nuestro encuentro en el patio exterior de aquel almacén. Debía pesar 150 k y no caminaba moviendo las piernas hacia delante como el resto de los mortales. La grasa que le rodeaba la cintura como un flotador fofo le obligaba a sacar cada pierna desde las postrimerías de su paquidérmico culo con un movimiento semicircular hacia fuera y luego otra vez hacia dentro. Como dice la canción, pura poesía en movimiento. Su pelo ralo parecía el de una fregona vieja y su enorme bigote estaba en parte asquerosamente amarillo por efecto de una colilla que solía tener colgando de las comisuras de los labios, la mayor parte de las veces apagado y mojado de baba. Aquella colilla estaba permanentemente enmarcada por una molesta sonrisa burlona. Esta joya era Mastro Paco el carpintero. Así, en español. El fulano era descendiente de canarios que habían llegado a Texas hacía unos siglos y luego se asentaron en Springfield, pero había conservado el castellano aplatanado y arrastrado que se hablaba en aquellas islas dejadas de la mano de Dios.

En la misma entrada de aquel almacén había una especie de hornacina en la pared. En lo que casi parecía un altar había una foto de grupo en blanco y negro. Hombres que miraban a la cámara, unos de pie y otros sentados, como si fuera un equipo de fútbol o béisbol. Pero bajo ellos no había el césped de un campo de juego, sino callaos de una playa. Aunque con modesta ropa de trabajo, aquellos hombres miraban con orgullo y sonreían ampliamente al fotógrafo. Alguno llevaba en su mano algún martillo o algún instrumento de trabajo que yo desconocía. Un título adornaba la parte inferior del marco: “Carpinteros de ribera en el Muelle de San Telmo. Las Palmas de Gran Canaria”.

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Declaración de intenciones

Este blog nace con la sana intención de dar salida a determinadas (quizás no tan sanas) inquietudes de su autor. Dichas inquietudes son principalmente literarias dada la afición del mencionado autor por escribir. Así, se publicarán microrrelatos y en algunos casos (seguramente los menos) narraciones más largas. Éstas últimas serán en ocasiones realizadas en colaboración, como se está haciendo en este momento con "Domingo" en grata compañía de la querida amiga de Tenerife Miriam.
Además también serán objeto de publicación otro tipo de textos atendiendo a los (veleidosos) intereses del susodicho (recalcitrante) bloguero, tales como artículos sobre Historia, Arte, pintura, fotografía, actividades culturales y comentarios varios.
Todo esto constituye el propósito inicial del blog en la actualidad. ¿Y el futuro? ni Dios sabe...
Por último, al autor le gustaría agradecer el eventual interés que pudiera o pudiese suscitar este blog y les invita a visitarlo cuantas veces quieran.

Un saludo

Teseo