martes, 24 de junio de 2008

Domingo Episodio 24 (Teseo)

La casa, de dos plantas y de aspecto moderno y sencillo, estaba en un barrio relativamente nuevo de Springfield. Sólo se veían luces encendidas en la planta superior. Según la información que teníamos, era la vivienda de un tal Fabio Malatesta (joder, vaya nombrecito, ¿el propietario iría a juego?), uno de los hombres de Liotti. Desde el otro lado de la ancha calle y sentado en el coche podía vigilarla con toda comodidad. Creo que no me han descubierto. Si ocurre, el pescuezo de Apu podría peligrar. Crucemos los dedos.

Bueno, mi posición tampoco era la mejor de las posibles. Mi amigo se había llevado su pistola y yo volvía a tener aquel revólver antediluviano. No podía haber sido de otra forma: él era el que iba a meter la cabeza en el avispero.

Disfrazado de sultán de las mil y una noches, Apu entró al pequeño palacio donde se celebraba aquella fiesta y hora y media más tarde salió con la nonna, apareció raudo un enorme coche negro de lunas tintadas, se metieron dentro y salieron pitando hacia un destino indeterminado. Y yo detrás discretamente pero con cuidado de no perderlos.
No habíamos pensado mucho en lo que podía salir de aquel plan. Esta no era la peor posibilidad, aunque tampoco era la mejor. No se sabe, nunca se sabe hasta el final.

Y ahora llevaba dos horas esperando frente a la casa del esbirro de Liotti adonde finalmente se dirigían. Esperé porque me pareció prudente cuando llegué. En ese momento estarían más vigilantes. No sé cuantos hombres hay en la casa. Mínimo uno, el chófer. Máximo, ni idea. Pero, como decía, esperar era prudente hace dos horas, ahora es una cobardía. Podrían haber descubierto a Apu, lo cual era probable. Incluso a estas alturas podía ser un fardo muerto en un rincón.

Así, que me subí el pistolón aquel a la cintura (joder, el armatoste con el peso se me escurría por las perneras del pantalón) y me bajé los asustados huevos de la garganta al sitio que les era natural (sí, tenía miedo, ¿qué pasa? Tampoco era para menos, ¿no?). Dí un rodeo hasta el final de la manzana y con discreción avancé por la calle de atrás.

Con la manga de la camisa hecha un ovillo rompí el cristal de una ventana. Aunque el interior estaba a oscuras, pude ver a duras penas lo que parecían los muebles de un pequeño salón: un sofá sobrio, una lámpara de pie, una mesa baja. Metí la mano por el hueco de cristal roto y abrí el pestillo, que (me cago en la leche) cedió un ruidoso crack. Coser y cantar, ya estaba dentro. No se oía nada, sólo coches en la calle. Al fondo, al otro lado de un amplio vestíbulo frente a mí, había algo de claridad, que provenía de alguna habitación escondida a mi vista. Estaba como un flan. Yo era un tipo apañadito en una pelea, pero una cosa era unas cuantas magulladuras, e incluso la nariz rota era un daño aceptable; y otra, esto: mafiosos, armas de fuego, muertes. Estaba en una ratonera, podía no salir vivo de allí. Podía largarme de allí tan tranquilamente como había entrado y meterme de nuevo en el coche, y marcharme de la ciudad ahora mismo, cagando leches por la carretera interestatal. Pero ¿y Apu? Joder, no podía dar media vuelta sin más. Así, que me saqué el pistolón otra vez del pantalón por el que ya quería llegar a mi rodilla izquierda y, por un segundo, lo sopesé en mi mano. Entonces, apareció el tipo. Pasaba casualmente por delante de la puerta que había frente a mí y giró la vista por casualidad también. En un primer momento no me vio, pero supongo que algo intuyó, yo que sé. Yo estaba en una habitación a oscuras, era un bulto oscuro entre otros bultos oscuros. Él, por el contrario, aparecía recortado contra la luz difusa del fondo y yo veía su silueta perfectamente. Con un gesto casi mecánico, el tipo, parado en el marco de la puerta, alargó la mano hacia el interruptor de la luz y dio un paso hacia dentro. Fue un instante revelador. El tipo tenía una pistola automática en una mano al final de un brazo relajado que caía junto al costado y la otra mano la tenía frente a su rostro moreno llevando a sus labios un vaso de leche. Cuando me vio de repente, sus ojos por encima del vaso con el líquido blanco se abrieron en todo el ancho y largo de las órbitas. Para entonces yo le apuntaba con el pistolón. Disparé sin perder un segundo. La fuerza del disparo me hizo retroceder, pero, al contrario que lo que temía, el cacharro funcionaba. Pero que muy bien. Y mejor que bien, realmente fantástico. Me acerqué y luego me agaché junto al cuerpo inmóvil. La bala había atravesado limpiamente el vaso de leche y su dentadura apenas entreabierta. Uno y otra tenían perfectos orificios de bordes sin grandes astillas. Tal era la potencia con que la bala salía del arma. Debajo de la cabeza había un gran charco de sangre y masa encefálica. Prácticamente la parte posterior de la cabeza se había desintegrado, pulverizada contra las paredes del saloncito y, más allá, hacia el amplio vestíbulo que le seguía. Era la primera vez que mataba a alguien. Una vez le corté una oreja a un tipo. Me tendió una emboscada en un callejón por un dinero que le debía. Pues no sólo no le pagué, sino que me quedé con su navaja y su oreja. Bueno, una semana más tarde mi chica entonces tiró aquel orejón a la basura. Decía que olía mal y que me estaba volviendo un tipo raro. Joder con las mujeres. La navaja la perdí en alguna mudanza. Joder con las mudanzas. Bueno, a lo que iba. Que el episodio de la oreja fue lo más fuerte que me pasó, bueno, que le haya pasado a un tipo que se cruzara conmigo y me cogiera de malas pulgas. Ya sé quién es. Liotti. Lo he reconocido por las fotos que vimos en los periódicos de la hemeroteca. Tal como lo describió Apu. Pinta de chuloputas de libro. Se acabaron tus días de semental. Bueno, en realidad se habían acabado todos tus días, los de semental y los otros. Ya no luciría ninguna sonrisa ni en su funeral porque la parte delantera de su dentadura se había volatilizado mezclada con su materia gris. Ni tampoco luciría grasa en aquel peinado estúpido porque no había donde ponerla: le faltaba parte de la cabeza. Mejor lo enterraran con la tapa del ataúd puesta. No era un espectáculo agradable. Mi primer muerto. No sabía que pensar. Mi primera reacción fue de curiosidad. Luego, una oleada de desprecio me invadió al ponerle nombre al fiambre aún caliente. Luego no tuve tiempo para más introspección morbosa porque parece que el estampido del pistolón había avisado a los matones de la casa. Se oían pasos acelerados que venían y gritos en espagueti. Se ve que por un momento me distraje como un tonto con un yoyó.

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Declaración de intenciones

Este blog nace con la sana intención de dar salida a determinadas (quizás no tan sanas) inquietudes de su autor. Dichas inquietudes son principalmente literarias dada la afición del mencionado autor por escribir. Así, se publicarán microrrelatos y en algunos casos (seguramente los menos) narraciones más largas. Éstas últimas serán en ocasiones realizadas en colaboración, como se está haciendo en este momento con "Domingo" en grata compañía de la querida amiga de Tenerife Miriam.
Además también serán objeto de publicación otro tipo de textos atendiendo a los (veleidosos) intereses del susodicho (recalcitrante) bloguero, tales como artículos sobre Historia, Arte, pintura, fotografía, actividades culturales y comentarios varios.
Todo esto constituye el propósito inicial del blog en la actualidad. ¿Y el futuro? ni Dios sabe...
Por último, al autor le gustaría agradecer el eventual interés que pudiera o pudiese suscitar este blog y les invita a visitarlo cuantas veces quieran.

Un saludo

Teseo